Siete meses esperó Renzo Antonelli hasta que apareció el corazón que tanto necesitaba. En su caso, como el de todos los que aguardan un trasplante, el deterioro del organismo fue proporcional al tiempo de espera. Junto a la congoja que produce la muerte de Renzo repica el mensaje hacia todos los rincones del cuerpo social: donar órganos es donar vida.
En Tucumán hay 421 pacientes en la lista de espera del Incucai. De ellos, 290 precisan un riñón y 36 requieren un nuevo hígado. Hay un caso en el que hace falta un trasplante renopancréatico, otro hepatorrenal y un tercero que -al igual que Renzo- aspira a obtener un corazón. Además, son 92 los que esperan la donación de córneas.
El total nacional de pacientes en la lista del Incucai es de 10.719, mientras que los trasplantes efectuados en lo que va del año fueron 1.297. Las cifras son ascendentes en la medición interanual; índices que colocan al país entre los primeros de la región. Pero siempre serán insuficientes en la medida en que no se incremente la cantidad de donantes.
Hay pocos actos de amor tan fuertes y significativos como poner el cuerpo -el propio, el de un ser querido- a disposición de los que sufren. La decisión está protegida y regulada por la ley, lo que asegura la confidencialidad y la intervención de profesionales idóneos.
Parece mentira que a esta altura de la historia subsistan dudas respecto de la donación de órganos, fruto principalmente de la ignorancia y de los prejuicios. No falta quienes invocan absurdas leyendas urbanas o hacen circular rumores malintencionados para confundir a la población. Al final, los únicos perjudicados son los pacientes.